La ciudad y la energía

El pasado martes tuve la suerte de poder participar en el Habitat Alternativo organizado en torno a Habitat III. Esta es la ponencia en el marco de Ciudad, vulnerabilidad y sostenibilidad, en el Colegio de Arquitectos de Ecuador

 

¿Dónde opera la ciudad? En el escenario de un capitalismo financiarizado cuya principal característica es la extracción. Y de esa extracción no solo se desprende desigualdad, sino también miles de personas que son expulsado fuera de los límites del sistema, y una acumulación sino de riqueza sino de poder como nunca.

La cuestión es si la Ciudad es algo al margen de la nueva etapa del capitalismo. Y hay que decir que mayoritariamente no lo es. El capitalismo financiarizado es la expresión no de la transformación, sino de una acumulación sin precedentes. El capitalismo hoy no  despliega su actividad en la producción de riqueza sino en la adquisición de la misma. Mayoritariamente no produce sino que acumula y extrae. Y por supuesto expulsa a aquellos que no son necesarios volviéndolos invisibles, inexistentes, como bien explica Saskia Sassen.  

En contraposición, la ciudad es seguramente el mejor invento de la humanidad. Recuperando a Bauman, puede ser esa ágora en que la dimensión privada encuentra un debate público y una solución colectiva.

Pero la ciudad, medida en términos globales, no es precisamente eso. Hoy, la ciudad global –debemos pensar no sólo en imágenes europeas, sino asiáticas, europeas, africanas, americanas- en que hoy es un espacio de desposesión y de exclusión, con una dimensión clasista y una obsesión securizante. El capitalismo financiarizado que vive de la extracción también se traduce en la financiarización del territorio y de la ciudad. Mientras, són los mas vulnerables los que necesitan la ciudad.

Vulnerabilidad y sostenibilidad

Pero el marco de extraordinaria vulnerabilidad viene acentuado por el escenario de cambio climático. El cambio climático tendrá un efecto sobre la ciudad. Si el conflicto se produce entre humanidad y biosfera, debemos establecer la necesidad para que la ciudad reconecte con al biosfera. El Departamento de Defensa de EEUU, en su revisión cuatrienal de su Estrategia Nacional de Seguridad incorporaba la siguiente reflexión “El cambio climático, puede exacerbar la escasez de agua y conducir a incrementos notables de los precios de alimentos. Las presiones originadas por el cambio climático influenciarán la competencia por los recursos al tiempo que supondrán cargas adicionales para las economías, sociedades e instituciones de todo el mundo. Estos factores son multiplicadores de amenazas que agravan factores de presión existentes en el exterior como la pobreza, la degradación ambiental, la inestabilidad política y las tensiones sociales.”

Pierre Calame dice que es el Estado, quien aseguraba la coherencia horizontal,  y la Empresa la que organizaba la coherencia vertical, la que ha construido en el siglo XX . Pero esa doble dimensión responde a los principales retos de la humanidad en pleno siglo XXI. Este describe tres crisis, las relaciones entre sociedades que deben gobernar los bienes comunes globales, las relaciones entre los seres humanos y las relaciones entre humanidad y la biosfera, siendo esta tercera crisis una de la que va hacer que se acentúen las anteriores.”Hemos entrado –describe Calame- en la era del Antropoceno una era geológica caracterizada por el impacto cada vez más masivo de las actividades humanas sobre la biosfera”.

¿Qué hacer? ¿Desde qué marco?

Necesitamos una transición hacia sociedades sostenibles, pero es posible una transición hacia sociedades sostenibles si no hay una transición hacia ciudades sostenibles. Lo que hay que identificar los que hoy pueden ser “los actores palanca”, aquellos que sin ser los más numerosos ni poderosos tienen la capacidad de organizar los agentes a su alrededor. Y la ciudad y el territorio es ese acto, a pesar que el principal obstáculo son los marcos institucionales y los sistemas intelectuales el principal obstáculo a superar. Y qué instrumento. Y es seguramente la vertiente energética la que puede reconectar con más fuerza a la ciudad con la tierra y la biosfera.

Pues bien, es la ciudad, donde mejor se puede construir lo común. Y no hablo de convivir o conllevar sino de construir, cooperar. Multiplicar. Es la ciudad, el territorio, quien constituye el nivel más concreto de aprendizaje de la ciudadana.

Hoy no podemos hablar de hábitat, de ciudad sin marcos que gobiernen lo urbano. Y especialmente lo que va más allá de la ciudad.  

Para hablar de sostenibilidad lo primero que tenemos que plantear es que necesitamos de gobiernos que en el marco de lo urbano respondan a las nuevas realidades. No vale un gobierno para la ciudad compacta mientras no somos capaces de responder a esas personas que viven en la urbanización que no ha construido ciudad.

Como muestra un botón: París, la tercera ciudad del ranking Forbes de ciudades Smart, sufrió el pasado mes de junio una inundación con un registro desconocido en las últimas tres décadas. Para planificar, desarrollar y gestionar las ciudades necesitamos gobernar con el territorio, más aún en un escenario de cambio climático, porque las actuales marcos territoriales demuestran ser inadecuados a la hora de tomar decisiones relativas al entorno natural.

 

Hoy, la gestión de una inundación, el gobierno de la realidad periurbana, la necesidad de construir centro en el urbano que no es ciudad para que se puedan interconectar con la ciudad compacta, las estrategias de movilidad, y soberanía alimentaria y energética necesitan de un gobierno de ciudad-región. Un marco que entienda los flujos que entran y que salen y que disponga de una estrategia integrada. Sin marco institucional apropiado sólo hay es mercado. Y la lógica del mercado ya sabemos donde conduce.  

Hay que promover los intercambios locales, reducir desperdicios, desarrollar la movilidad suave. Pero sin transformación del marco institucional podemos caer en el riesgo del síndrome de la minoría salvada en medio de una humanidad destinada a la distopía.

 

Conquistar las calles, conquistar la idea de autoabastecimiento

Después de la propuesta del instrumento, del municipio-región como palanca de cambio, hay que pensar sobre que otra idea protagonizamos el cambio. La propuesta es que sea sobre dos ejes; la recuperación del espacio público, y por otro lado des de la vertiente energética.

Ganar el espacio público porque éste está en aquella categoría en la que si un bien se comparte su función se multiplica. Hay bienes que se multiplican al compartirlo, otros que se dividen al compartirlos. No hablamos de convivir o conllevar, hablamos de construir y cooperar. Siendo el espacio público el nivel mas concreto del aprendizaje.

Y hablamos de energía por lo que suponen las energías renovables en lo que se refiere a las relaciones entre humanidad y biosfera y como afecta ello a las relaciones de poder, dominio o democracia. El hecho que las renovables, en particular la captación de energía solar, haya conseguido la paridad en red –que un kilovatio cuesta igual que producir un kilovatio quemando combustibles fósiles- significa que las guerras por el control de las fuentes energéticas hoy se desplazan a las guerras por el control político de los instrumentos para captar la energía. Puede la ciudad estar al margen de una batalla de tanto calado democrático y que permite pasar en materia energética de una lógica extractiva a una dinámica reempoderadora de la ciudadanía. La dimensión de lo colectivo, en el espacio público y la energía es la propuesta

De ahí la propuesta de reconquistar la calle y los techos, y a la vez que esa reconquista nos permite hacer que la ciudad pase de ser un sumidero energético, a un lugar que consume mucho en su movilidad y pasa a tener una estrategia de abastecimiento.

Para el desarrollo de la estrategia hay que retener como se distribuye hoy el consumo energético de la ciudad. Irena (International Renewable Energy Agency) hace un cálculo conforme el consumo energético de la ciudad se distribuye en un 37% que se destina a calentar los hogares, un 32% al transporte, un 27% a la electricidad y un 4% a enfriar. Si bien estas proporciones varían en función de la latitud, los porcentajes nos dicen que hay que desarrollar una doble estrategia. La de la reducción del consumo energético en el transporte y el de la reducción y abastecimiento energético en el residencial, que engloba el resto de porcentajes.

Conquistamos las calles, reducimos consumo energético, ganamos el espacio público.

Para ganar el espacio público lo primero que hay que preguntarnos es quien lo ocupa. Y la respuesta es clara: el vehículo privado. Como ejemplo el de una ciudad en que el coche no predomina como en otras. En Barcelona el coche representa el 15% de la movilidad, pero ocupa el 60% del espacio público.

Hoy el coche es el principal consumidor de energía de la ciudad (cerca del 60%). Y es el principal causante de muertos por mala calidad del aire (1’3 millones de muertos a nivel global, 15 millones de heridos, centenares de millones afectados por la mala calidad del aire). Mientras, la pérdida de riqueza por problemas de movilidad pueden llegar a ser extraordinarias (10% PIB en Lima)

Pero lo que hoy podemos ganar es mucho más. De la ciudad del coche a la ciudad de las personas.

Para ello hay que pensar en el modelo de infraestructuras. De nada sirve expandir la oferta de transporte público si el espacio al coche se mantiene intacto o incluso se incrementa, ya que el coche es como el gas, espacio que le das, espacio que ocupa. De la misma manera, espacio que le quitas espacio que se contrae.

Acabar con un modelo de infraestructuras pensado para el coche. Éste se expande y comprime como el gas. Si le das espacio lo ocupa. Si se lo quitas el espacio lo ganamos.

Para ello es necesario deconstruir y construir. Es decir, regenerar el modelo de “no ciudad”, agrupando, deconstruyendo y construyendo nuevos núcleos de centralidad en el periurbano. Y al lado de eso desarrollar técnicas bien conocidas; carriles exclusivos para el transporte público, limitación de acceso, fiscalidad estática y fiscalidad dinámica.

I a partir de ahí ganar el espacio público para toda la ciudadanía, entendiendo que en la base de la pirámide está el caminar i la bicicleta, después un transporte público, a poder ser electrificado, después el vehículo compartido, y como excepción el vehículo privado. De esta manera liberamos espacio público para compartir, para reverdecer la ciudad, para compartir.

Esta es sin duda una lucha cultural. Margaret Thatcher lo describía con aquella frase “si con 40 años aún vas en bus es que eres un fracasado”. Pues bien, hay que conseguir que moverse en bici, caminando o en transporte público nos permite ganar la vida. Y vivirla de otra manera.

La electricidad como palanca. Ganamos los techos, nos abastecemos

La otra gran estrategia es la energética. Hasta ahora la relación entre energía ha sido simplemente un espacio de consumo. La ciudad como sumidero.

Esa relación lejana con la energía era el esquema en un modelo en que la energía venía vinculada a la extracción y a la producción (normalmente lejana) de grandes centrales de producción. La energía por tanto como factor de abastecimiento, pero también de dominio.

Pero algo está pasando. Por primera vez, la relación entre la humanidad y energía no tiene que pasar por grandes extracciones y grandes consumidores. Hoy, la mejora tecnológica de las energías renovables en general, y de la fotovoltaica en particular, ha hecho que se llegue por primer vez a la paridad en red, es decir, producir un kilovatio  ya cuesta lo mismo quemando combustibles fósiles que producirlo de fuentes renovables.

La cuestión no es sólo que pueda competir con la generación energética. Las renovables hoy, y el autoconsumo en particular, puede democratizar la relación entre la humanidad y la energía, una relación básicamente de poder. Hasta ahora las guerras energéticas se basaban en el control de los combustibles fósiles, quien controlaba la fuente lo controlaba todo. Pero la próxima batalla energética se da en el terreno del marco institucional.

 

La mejora tecnológica hoy no sólo lo acredita Lizard (reducciones de costos de un 80%), sino que las inversiones empiezan a tener un alcance millonario. Son muchos los fondos de inversión que se desplazan al sector de las renovables. Y por primera vez en la historia se ha invertido casi tanto en eficiencia y renovables (533.000 millones) que en la inversión en explotación y producción de petróleo (583.000).  Sin lugar a dudas, hoy las grandes empresas buscan mantener su posición de dominio adquirida, en una tecnología que por su naturaleza debería permitir una relación democrática en la generación y abastecimiento.  Pero en ningún lugar está escrito que no lo vayan a conseguir.

En contraposición, es hoy la ciudad y el territorio quién puede librar esa batalla. Y no sólo para ser protagonista de la batalla energética, sino como palanca de cambio para recuperar un espacio para todos, nuestros tejados, y para reconectar la ciudad como la biosfera, dejando de ser un simple sumidero de recursos.

Un estudio reciente de la EREF (European Renewable Energies Federation), conjuntamente con Greenpeace y Amigos de la Tierra explica como en el marco europeo es posible el abastecimiento eléctrico para más de la mitad de la población europea. El autoconsumo puede ser del 19% para el 2030, del 45% para el 2050.

Pero para conseguirlo el problema no es técnico, sino político.

El problema no es técnico, sino político. Las resistencias del sector, de ese mismo sector que invierte en renovables en algunas ocasiones es extraordinaria. Porque hablas de democratizar la energía.

La propuesta es simple. Que la ciudad libre una batalla que nunca dio. La de la energía, y concretamente la de la electricidad. Y que lo haga no para encontrar pequeñas experiencias de salvamento particular y local, sino como estrategia de reconectar ciudad y biosfera.

Si antes hemos tratado el tema del coche liberando espacio público, se trata que ganemos tejados para producir y abastecer. Si la lógica del capitalismo es la acumulación y la extracción, la estrategia de la ciudad es la creación de lo común, que se multiplica cuando se comparte.

Hasta ahora, la política energética ha sido la gestión privada de un bien común y de un servicio de interés común. Se trata que la mejora tecnológica sea la palanca para la reapropiación de ese bien común. Autoconsumo no es solo lo que la palabra dice sino que es democracia.

Y además contamos con otro factor. La gente. Las ganas de agruparse, de relacionarse, de invertir y de consumir de otra manera. No es algo menor. El capitalismo financiarizado y la negación democrática de poder discutir sobre la economía incrementan las ganas de construir sobre otras bases. Se trata de recuperar el oikos era la buena administración del hogar, y la ecología como la cura de las casa común, del espacio donde habitamos.

Pero para ello hacen falta estrategias nuevas.

  1. El sol es de todos. Los tejados también

Ahí la primera reflexión.  Si el sol es de todos, debemos garantizar como hacemos que los instrumentos, y el espacio físico para su aprovechamiento deben garantizar el aprovechamiento común.  Si existe una legislación laboral que hace que en el trabajo las leyes (formalmente) no solo sean las del mercado; si existe una legislación urbanística que entiende que los aprovechamientos no solo puede ser privados (formalmente), si entendemos que en aquello que concierne a lo común no se puede regir por una lógica mercantil. La cuestión es qué hacemos con el techo, con el espacio físico para el aprovechamiento del sol y del viento.

Está claro que una de las consecuencias de sacar el coche de la ciudad es ganar espacio colectivo y compartido. Pero también para su aprovechamiento colectivo y compartido. Pero hay que ir a un modelo de Ley del techo que garantice un aprovechamiento común del mismo.

  1. Las redes de distribución.

Es imprescindible una estrategia para que las redes de distribución sean públicas, y no dependan de aquellos que van a dejar de ganar mucho si hay una dimensión común de la energía.

Los marcos legislativos en cada lugar son distintos (en España tenemos uno de los marcos más complejos y restrictivos). Pero es clave la reapropiación de la misma con el objeto que el abastecimiento no dependa de aquellos que quieren mantener modelos de control. Los ejemplos son numerosos, pero si alguno podríamos destacar es el de Munich en el que la empresa de servicios y la distribución garantiza unos dividendos (500 millones de euros anuales) que revierten en la ciudad y el bien común.

  1. La información es de todos.

No hay proceso posible si la información sobre la producción y el consumo es de las empresas que hasta ahora suministraban. Es fundamental un que el conocimiento no se privatice, como puede pasar con la incorporación de los contadores inteligentes cuya titularidad e información quede en manos de las compañías energéticas.  

  1. La inversión colectiva

La inversión puede y debe ser colectiva, en un proceso de reapropiación de la ciudad y de reconexión de la misma con la biosfera. Esa inversión colectiva, puede realizarse a través de un marco legislativo que lo favorezca, pero también con dinámicas que desplacen el ahorro financiero a la inversión en el ahorro y las renovables.  Así, en Dinamarca el 50% de las inversiones en Copenhague son de carácter cooperativo.

  1. Hacemos verde la ciudad, reindustrializamos la ciudad

Se trata de reverdecer, reindustrializando. Las estrategias deben servir para conseguir un tejido productivo no deslocalizable. Y las estrategias tienen que significar una dimensión colaborativa entre sector productivo y ciudadanía. Se trata pues de una política industrial activa, que agrupa a los diferentes actores económicos. Los ejemplos son varios y exitosos: el ejemplo de Friburgo hace que como vecino o empresa pueda acudir a un centro en la que las empresas se agrupan y ofrecen una propuesta. Y esa propuesta de rehabilitación e instalación de las renovables se puede llegar a financiar total o parcialmente por los ahorros energéticos que se consiguen.

Reverdecer la ciudad y reindustrializar la ciudad, en lo que se refiere a la política industrial significa un cambio en el modelo de ciudad, y además significa ganar con este proceso una mejor habitabilidad de la vivienda.

  1. Repartimos la riqueza

El capitalismo extrae y acumula riqueza. Y es más, en un momento en el que para producir una unidad de riqueza son cada vez menos unidades de trabajo, el pacto/conflicto entre capital trabajo no se traduce en un reparto de rentas que permita hacer digna la vida de miles de personas.

Pues bien,  el autoconsumo es la manera, mediante una relación democrática con la energía, de repartir esa riqueza que otros amasan con prácticas extractivas.

Conclusión

En el marco de Habitat III se ha hablado de sostenibilidad, de resiliencia, pero no se han planteado los instrumentos para garantizar el derecho a la ciudad.  Se habla de sostenibilidad, pero no se combate el modelo de transformación urbanística que no contribuye a reducir las desigualdades sociales y espaciales y contribuye a la sostenibilidad.

Se ha incorporado el término “Smart”. Pero lo cierto es que los términos empleados quedan vacíos si no se les dota de una capacidad emancipadora, democratizadora y de reconexión con la biosfera.

Hay que hacer propuestas disruptivas, críticas, y que a la vez cambien realidad. Situando la ciudad y lo urbano allí donde está. En un capitalismo financiarizado, extractivo, ya cabalgando sobre el cambio climático, pero a la vez con unas oportunidades que permiten hacer cosas que la ciudad no se podía plantear.

Hoy, se habla de la ciudad vinculada a la distopia, a modelos de segregación, exclusión y dolor. Pero las utopías locales no pueden quedarse sólo en un escaparate.  Y la energía, el autoconsumo, es seguramente una de las mejores palancas de cambio.

 

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